De las moscas del mercado
Donde la soledad acaba, allí comienza el mercado, y donde comienza el mercado comienzan también el ruido de los grandes comediantes y el zumbar de los moscones venenosos.
En el mundo jamás salen a flote las cosas buenas, a menos que alguien las represente: a tales actores el pueblo les llama grandes hombres.
El pueblo comprende poco lo grande, esto es, lo creador. Posee en cambio gran olfato para todos los actores v comediantes que simulan cosas grandes.
El mundo gira en derredor de los inventores de nuevos valores -gira de un manera invisible. Pero el pueblo y la fama giran en derredor de los grandes comediantes. ¡Así marcha el mundo!
¡No levantes el brazo contra ellos! Son innumerables, y tu destino no es de espantamoscas.
Harto te veo de moscas venenosas: lleno te veo de picaduras, y ensangrentado por mil ángulos; y tu orgullo ni se resiente siquiera.
Simulando una máxima inocencia, esas moscas quieren chuparte la sangre: sus almas exangúes codician sangre – y picotean con la mayor inocencia.
Mas tú, profundo, sufres con profundidad, e intensamente: aun cuando tus heridas no sean sino rasguños; y antes de haberte curado, ya se arrastraba por tu mano la misma larva venenosa.
Paréceme, empero, que tienes demasiado orgullo para matar a esas golosas. ¡Cuidado, no vaya a ser tu destino soportar toda su injusticia venenosa!
Zumban a tu alrededor, incluso con su adulación. Impertinencia son sus elogios. Lo que quieren es estar muy cerca de tu piel y de tu sangre.
Cual si fueras un dios o un demonio, te van adulando, mientras lloriquean ante ti. Pero déjalas: no son más que aduladores y lloricones.
Se presentan también, no pocas veces, entre grandes amabilidades. Tal ha sido siempre la astucia de los cobardes. ¡Sí, los cobardes son astutos!
Mucho reflexionan sobre ti, con su alma mezquina -¡Para ellas fuiste siempre preocupante! Todo aquello sobre lo que se reflexiona mucho, se vuelve preocupante.
Te castigan por tus virtudes. Solamente te perdonan de verdad tus errores.
Como eres dulce y tienes conciencia recta, dices: «¿Tienen ellos la culpa de la mezquindad de su existencia?»
Mas ellos piensan en su alma estrecha: «¡Toda existencia grande es culpable!»
En tu presencia se sienten pequeños, y su pequeñez arde y se pone al rojo en contra tuya, con sed de venganza secreta.
¿No has notado cómo enmudecían cuando a ellos te acercabas, y cómo les abandonaba su fuerza. cual el humo de una hoguera que se extingue?
Si, amigo mío, para tus prójimos eres la conciencia malvada, pues no son dignos de ti. Por ello te odian, y desean chuparte la sangre.
Tus prójimos siempre serán moscas venenosas; lo que en ti es grande – eso es justamente lo que acrecienta su veneno, y les hace más moscas.
Amigo mío, huye a tu soledad, allí donde sopla un viento áspero, recio.
Tu destino no es el de espantamoscas.
Así habló Zarathustra.

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